La gran gloria internacional: Hazaña en Madrid


Cae la noche en tierras españolas. En aquel terreno histórico, que alguna vez se llamó Chamartín, los orientales habían vencido. El pueblo español, representado hace años en Europa por una camiseta blanca, se retiraba totalmente desconcertado de su casa. Los orientales, y no con una lanza ni un fusil en la mano como hacía más de 100 años en Las Piedras, pero con los colores amarillo y negro, que parecian una lanza y fusil, les habian arruinado la fiesta. Entre todos esos guerreros, y como si todas las luces del gigantesco Santiago Bernabeu apuntaran hacia él, destacaba uno. Había llegado al sur de la América desde el Pacifico, pero su arraigo por estas tierras era casi total, se reflejaba en él a aquel que llamaban Ansina. Su actuación había sido alucinante, había agitado las redes tres veces entre el enfrentamiento en Montevideo, donde marcó dos, y aquella noche madrileña donde sentenció la final en los últimos instantes de la primera parte. Se acercó a él un pequeño español, lo apodaban “La Galerna del Cantábrico”, había conquistado Europa en seis ocasiones, era el último que quedaba del proceso de gloria continental más grande que se vio en la historia del viejo continente. Le dijo algo, “La Pantera” sonrió. Los orientales, los de amarillo y negro, Peñarol, habian conquistado el mundo cinco años antes frente a los portugueses liderados por otra pantera. Pero lo que se había logrado esa noche era la confirmación de la gloria internacional, habían pasado seis años de una dura derrota frente al mismo rival, mas no sucedió de nuevo, los orientales habían vencido a aquellos quienes durante años los mandaron. Y Peñarol, Peñarol del pueblo, el mismo Peñarol que hacía ya cincuenta y tres años se había emancipado del sometimiento inglés, era el nuevo campeón del mundo, otra vez. En las principales calles de la capital oriental, una ola de color amarilla y negra arrasaba, la alegria desbordaba al este del Rio Uruguay, y un grito resonaba, de manera similar a aquel “libres o muertos”, un grito salido de las entrañas del pueblo, que sobrepasaba toda clase socio-económica, toda ideologia política, en un mundo completamente polarizado por dos grandes pensamientos, un grito que afirmaba: “Peñarol campeón del mundo, Peñarol campeón mundial”.


En Madrid, ya llegado al Hotel, el líder de todos esos guerreros, el prócer eterno de la Epopeya Peñarolense, Tito, sentado en la cama veía aquella estructura dorada que quedaría eternamente en la institución. Lo habían logrado, el 26 de Octubre iba a ser recordado por siempre.

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